viernes, 1 de diciembre de 2017

Calendario de Adviento 2017

Llegamos al tiempo de adviento y se ponen de moda los calendarios de esta época; el calendario de adviento es un calendario de ‘cuenta atrás’ hasta el 24 de diciembre (Nochebuena). Y aunque suele elaborarse para los niños y tiene forma de ‘conteo’ para saber cuánto falta para Navidad, nosotros podríamos elaborarlo para niños y no tan niños, y en lugar de chocolatinas poner actitudes que iluminen nuestro interior para prepararnos espiritualmente para la celebración del nacimiento de Cristo. ¿qué os parece? 
Compartimos con vosotros este calendario por si os resulta útil...


jueves, 9 de noviembre de 2017

Catequesis del Papa Francisco sobre la eucaristía


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Empezamos hoy una nueva serie de catequesis, que dirigirá la mirada hacia el «corazón» de la Iglesia, es decir la eucaristía. Es fundamental para nosotros cristianos comprender bien el valor y el significado de la Santa Misa, para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número de cristianos que, en el mundo entero, en dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte por defender la eucaristía; y cuántos, todavía hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante las persecuciones de Diocleciano, un grupo de cristianos, del norte de África, fueron sorprendidos mientras celebraban misa en una casa y fueron arrestados. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo hicieron, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y respondieron: «Sin el domingo no podemos vivir», que quería decir: si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
De hecho, Jesús dijo a sus discípulos: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día» (Juan 6, 53-54).
Estos cristianos del norte de África fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Han dejado el testimonio de que se puede renunciar a la vida terrena por la eucaristía, porque esta nos da la vida eterna, haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela a todos y pide una respuesta sobre qué significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Estamos buscando esa fuente que «fluye agua viva» para la vida eterna, que hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de agradecimiento y hace de nosotros un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa «agradecimiento»: agradecimiento a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis quisiera dar respuesta a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para redescubrir o descubrir, cómo a través de este misterio de la fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II fue fuertemente animado por el deseo de conducir a los cristianos a comprender la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por este motivo era necesario sobre todo realizar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la Liturgia, porque la Iglesia continuamente vive de ella y se renueva gracias a ella. Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y es precisamente éste también el objetivo de este ciclo de catequesis que hoy empezamos: crecer en el conocimiento del gran don que Dios nos ha donado en la eucaristía. La eucaristía es un suceso maravilloso en el cual Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa «es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se hace presente en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo» (Homilía en la santa misa, Casa S. Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está ahí con nosotros, presente. Muchas veces nosotros vamos ahí, miramos las cosas, hablamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía... y no celebramos cerca de Él. ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el presidente de la República o alguna persona muy importante del mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, querríamos saludarlo. Pero pienso: cuando tú vas a misa, ¡ahí está el Señor! Y tú estas distraído. ¡Es el Señor! Debemos pensar en esto. «Padre, es que las misas son aburridas” —«pero ¿qué dices, el Señor es aburrido?» —«No, no, la misa no, los sacerdotes» —«Ah, que se conviertan los sacerdotes, ¡pero es el Señor quien está allí!». ¿Entendido? No lo olvidéis. «Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Intentemos ahora plantearnos algunas preguntas sencillas. Por ejemplo, ¿por qué se hace la señal de la cruz y el acto penitencial al principio de la misa? Y aquí quisiera hacer un paréntesis. ¿Vosotros habéis visto cómo se hacen los niños la señal de la cruz? Tú no sabes qué hacen, si la señal de la cruz o un dibujo. Hacen así [hace un gesto confuso]. Es necesario enseñar a los niños a hacer bien la señal de la cruz. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Esto quiere decir que nosotros somos redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a hacer bien la señal de la cruz. Y estas lecturas, en la misa, ¿por qué están ahí? ¿Por qué se leen el domingo tres lecturas y los otros días dos? ¿Por qué están ahí, qué significa la lectura de la misa? ¿Por qué se leen y qué tiene que ver? O ¿por qué en un determinado momento el sacerdote que preside la celebración dice: «levantemos el corazón»? No dice: «¡Levantemos nuestro móviles para hacer una fotografía!». ¡No, es algo feo! Y os digo que a mí me da mucha pena cuando celebro aquí en la plaza o en la basílica y veo muchos teléfonos levantados, no solo de los fieles, también de algunos sacerdotes y también obispos. ¡Pero por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por esto el sacerdote dice: «levantemos el corazón». ¿Qué quiere decir esto? Recordadlo: nada de teléfonos.
Es muy importante volver a los fundamentos, redescubrir lo que es esencial, a través de aquello que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La pregunta del apóstol santo Tomas (cf Juan 20, 2 5), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder de alguna manera «tocar» a Dios para creerle. Lo que santo Tomás pide al Señor es lo que todos nosotros necesitamos: verlo, tocarlo para poder reconocer.
Los sacramentos satisfacen esta exigencia humana. Los sacramentos y la celebración eucarística de forma particular, son los signos del amor de Dios, los caminos privilegiados para encontrarnos con Él.
Así, a través de estas catequesis que hoy empezamos, quisiera redescubrir junto a vosotros la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez desvelada, da pleno sentido a la vida de cada uno. Que la Virgen nos acompañen en este nuevo tramo de camino. Gracias.

Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Saludo a la delegación sindical argentina. Pidamos a la Virgen María que interceda por nosotros para que sintamos el deseo de conocer y amar más el misterio de la Eucaristía, sacramento del Cuerpo y la Sangre de su Hijo Jesús. Que el Señor los bendiga a todos. Muchas gracias.
(En tialiano)
Saludo a los jóvenes, a los enfermos y a los recién casados. Que el recuerdo de hoy de los Santos Mártires, cuyas reliquias se guardan aquí en la basílica de San Pedro, incremente en vosotros, queridos jóvenes, la atención al testimonio cristiano incluso en los contextos difíciles; que a vosotros, queridos enfermos, os ayude a ofrecer vuestro sufrimiento para sostener a los muchos cristianos perseguidos. A vosotros, recién casados, os animo a confiar en la ayuda de Dios y no solamente en vuestras capacidades.

PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL
Miércoles 8 de noviembre de 2017
© Copyright - Libreria Editrice Vaticana

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Jornada Mundial de los Pobres 2017


Bajo el lema ‘No amemos con palabras, sino con obras’, el domingo 19 de noviembre la Iglesia celebra la I Jornada Mundial de los Pobres. Esta será una jornada en la que toda la comunidad cristiana deberá ser capaz de tender la mano a los pobres, a los débiles, a los hombres y a las mujeres a quienes con mucha frecuencia se les atropella la dignidad. El Mensaje evoca la expresión bíblica de la Primera Carta de Juan: No amemos de palabra sino con obras.  Con este lema se quiere configurar el sentido de la celebración mundial.  “Hijos míos, no amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras.” (1Jn 3,18). Son las palabras del evangelista con las que el Papa Francisco introduce su Mensaje. Esta exhortación expresa un imperativo que ningún cristiano puede ignorar. Se vuelve central el señalamiento de una oposición entre la acción, el servicio concreto hecho a los últimos, y el vacío que a menudo esconden las meras palabras.  El Papa insiste en este punto:  “No pensemos sólo en los pobres como los destinatarios de una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana, y menos aún de gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”.
La dimensión de la reciprocidad se ve reflejada en el logo de la Jornada Mundial de los Pobres. Se nota una puerta abierta y sobre el umbral dos personas que se encuentran. Ambas extienden la mano; una para pedir ayuda, la otra porque quiere ofrecerla. En efecto, es difícil comprender quién de los dos sea el verdadero pobre. O mejor, ambos son pobres. Quien tiende la mano para ayudar está invitado a salir para compartir. Son dos manos tendidas que se encuentran donde cada una ofrece algo. Dos brazos que expresan solidaridad y que incitan a no permanecer en el umbral, sino a ir a encontrar el otro. El pobre puede entrar en la casa, una vez que en ella se ha comprendido que la ayuda es el compartir. En este contexto, las palabras que el Papa Francisco escribe en el Mensaje se cargan de un profundo significado: “Benditas las manos que se abren para acoger a los pobres y ayudarlos: son manos que traen esperanza. Benditas las manos que vencen las barreras de la cultura, la religión y la nacionalidad derramando el aceite del consuelo en las llagas de la humanidad. Benditas las manos que se abren sin pedir nada a cambio, sin «peros» ni «condiciones»: son manos que hacen descender sobre los hermanos la bendición de Dios.”


Materiales para la celebración de la I Jornada Mundial de los Pobres:



jueves, 26 de octubre de 2017

La eutanasia: 'conmorir', convivir


Uno de los temas más debatidos de la bioética es desde hace muchos años el de la eutanasia. Los medios de comunicación lo sacan a colación con frecuencia, diversos movimientos sociales ("Pro-vida", "Derecho a morir dignamente", Iglesias, grupos feministas) se pronuncian a favor o en contra de ella, y también los políticos señalan la posición de sus partidos al respecto. Multiplican sin límite los expertos las diversas especies del género thánatos (muerte) y hablan de "orto-tanasia" (muerte correcta, en el momento adecuado), "caco-tanasia" (mala muerte), "autonomo-tanasia" (muerte elegida por el propio sujeto), "hetero-tanasia" (muerte padecida y no querida) y de un largo etcétera.
Curiosamente, por debajo y por encima de disputas y más allá de las clasificaciones del género "muerte", justo es reconocer que la palabra "eutanasia" es bien hermosa, porque significa a fin de cuentas "buena muerte". ¿Y quién no desea una buena muerte para sus seres queridos y para sí mismo?
Ocurre, sin embargo, que se entiende de diversos modos qué es una muerte buena, porque algunos tienen por buena una muerte en gracia de Dios, otros, una muerte sin dolor, otros, una muerte sin encarnizamiento terapéutico, sin una gran cantidad de aparatos conectados a la persona para prolongar su vida, y así podríamos continuar largo rato ampliando el catálogo de lo que las gentes entienden por una muerte buena.
Tal vez por eso en un excelente suplemento que dedicó a "las metas de la medicina" el 'Hastings Center', uno de los centros más prestigiosos en bioética, señalaban los autores que una de esas metas consiste en ayudar a los pacientes a morir en paz. Sin entrar en la polémica de la ''muerte digna" o de la "muerte buena", se limitaban a consignar lacónicamente los redactores del documento que las personas deseamos morir en paz y el personal sanitario debe ayudar a ello. Pero, ¿qué es morir en paz? Morir en paz es traspasar esa línea sutil que separa la vida de la muerte con serenidad, con sosiego, sin aferrarse con desesperación a la vida biológica, como si la muerte no fuera tan natural como la vida, sin despreciar tampoco la vida como si no mereciera la pena vivirla. Morir en paz es, a poder ser, morir rodeado de aquellos con quienes hemos hecho la vida. Con aquellos a quienes queremos y que nos quieren. Con aquellos con los que hemos querido. Con todos aquellos con los que hemos conjugado las distintas preposiciones del verbo "querer": querer a, ser querido por, querer con.
Naturalmente, este tipo de muerte no está al alcance de todas las fortunas, y nunca mejor dicho, porque puede cabernos en suerte una muerte por accidente, por enfermedad súbita e imprevisible, incluso perder la vida a manos de otro o de otros, a manos del hambre y la miseria. La fortuna o la providencia juegan en éste, como en otros asuntos, un papel innegable en la comedia humana. Lo cual no obsta para que en éste, como en otros asuntos, siga siendo importante intentar preparar en lo posible, en lo que esté en nuestra mano, una muerte en paz. Y no es precisamente este camino de prepararse a morir en paz el que están tomando las sociedades desarrolladas.
En principio, porque intentan con todas sus fuerzas desterrar a la muerte de la vida cotidiana, condenarla al exilio, fuera de hogares, recluirla en los hospitales y en los tanatorios para que no asome su desagradable rostro en el día a día de la existencia. Pasando al extremo contrario de la medieval meditatio mortis, intentan vivir las sociedades avanzadas como si no hubiera muerte, como si sencillamente un buen día las personas emprendieran un largo viaje y nadie preguntara ya adónde han ido, aun sabiendo que no van a regresar.
Y, sin embargo, tan natural es la muerte como la vida, tan parte de la existencia como la alegría y el sufrimiento, como el amanecer y la noche. Por eso, importa ir preparando también una muerte en paz para todos y cada uno de los seres humanos, sin obsesiones macabras, sino con la naturalidad de lo inevitable.
Conviene para eso ir recordando que la muerte humana, la de los seres humanos, no se dice en sustantivo, sino en infinitivo verbal, que es un proceso -el "morir"- por el que vamos traspasando ese umbral sin retorno, solos, o con otros.
Morir solo es apercibirse de que la propia existencia a nadie importa, de que la propia muerte a nadie daña, porque no se ha vivido con nadie ni para nadie. Morir con otros, conmorir, es un largo proceso. Es ir sintiendo que la vida se nos escapa, cuando se nos van muriendo aquéllos que son ya parte nuestra porque los hemos con-vivido, hemos vivido con ellos.
"No es sólo que he venido muriéndome -se dolía Miguel de Unamuno en Niebla- es que se han ido muriendo, se me han muerto, los que me hacían y me soñaban mejor".
Y completaba rotundo Miguel Hernández en su Elegía a Ramón Sijé: "En Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto como el rayo Ramón Sijé, con quien tanto quería".
Morir con otros a lo largo de la vida, no morir solo, exige haber ido conjugando con ellos todas las preposiciones del verbo "querer".
Adela Cortina 

Vida Nueva n. 2212 (Diciembre 1999)

La respuesta


Escucho los sonidos a mi alrededor
lo mejor que puedo, para prepararme
a escuchar el evangelio.

Ahora oigo cómo Jesús me dice
algunas de las frases
que ya dijo en los evangelios.
Dice, por ejemplo:
«¿Quién dices tú que soy yo?».

Pero no respondo inmediatamente.
Dejo que las palabras suenen y resuenen
En mis oídos por algún tiempo…
observando cómo reacciona
mi corazón ante ellas.

Y sólo cuando ya no puedo contenerme más.
reacciono efectivamente,
con una simple palabra…
o con el silencio…

Y hago lo mismo con otras frases del evangelio:

«¿Me amas?».

«Ven, sígueme».

«Tanto tiempo como llevo contigo,
¿y aún no me conoces?».

«¿Crees?
Todo es posible para el que cree».


Anthony de Mello

sábado, 21 de octubre de 2017

Catequesis y personas con discapacidad

La Iglesia no puede ser “afónica” o “desentonada”
en la defensa y promoción de las personas con discapacidad


Queridos hermanos y hermanas:
Me alegra encontraros sobre todo porque en estos días habéis abordado un tema de gran importancia para la vida de la Iglesia en su obra de evangelización y formación cristiana: Catequesis y personas con discapacidad. Gracias a Mons. Fisichella por su presentación, al dicasterio que preside por su servicio y a todos vosotros por la labor en este campo.
Conocemos los progresos alcanzados en las últimas décadas frente a la discapacidad. La creciente toma de conciencia de la dignidad de cada persona, especialmente de los más débiles, ha llevado a tomar posiciones valientes de inclusión de aquellos que viven con diversas formas de discapacidad, para que nadie se sienta extraño en su propia casa. Y sin embargo, a nivel cultural todavía hay manifestaciones que hieren la dignidad de estas personas por la prevalencia de una falsa concepción de la vida. Una visión a menudo narcisista y utilitaria lleva, por desgracia, a algunos a considerar marginales las personas con discapacidad, sin percibir en ellas su múltiple riqueza espiritual y humana. Todavía es demasiado fuerte en la mentalidad común la actitud de rechazo de esta condición, como si impidiera ser felices y realizarse a sí mismos. Prueba de ello es la tendencia eugenésica de suprimir a los nonatos que tienen alguna forma de imperfección. De hecho, todos conocemos a tantas personas que, con su fragilidad, incluso grave, han encontrado, aunque con fatiga, el camino de una vida buena y rica en significado. Por otro lado, también conocemos personas aparentemente perfectas y desesperadas. Además, es un engaño peligroso pensar que somos invulnerables. Como decía una chica que conocí en mi reciente viaje a Colombia, la vulnerabilidad pertenece a la esencia del ser humano.
La respuesta es el amor: no el falso, melindroso y pietista, sino el verdadero, concreto y respetuoso. En la medida en que se es acogido y amado, incluido en la comunidad y acompañado para mirar hacia el futuro en confianza, se desarrolla el verdadero camino de la vida y se experimenta una felicidad duradera. Esto, – lo sabemos -, se aplica a todos, pero las personas más frágiles son como una prueba. La fe es una gran compañera de vida cuando nos permite sentir en primera persona la presencia de un Padre que nunca deja solas a sus criaturas en ninguna condición de su vida. La Iglesia no puede ser “afónica” o “desentonada” en la defensa y promoción de las personas con discapacidad. Su proximidad a las familias las ayuda a superar la soledad en que a menudo corren el peligro de terminar por falta de atención y apoyo. Esto es aún más cierto por la responsabilidad que tiene en la generación y en la formación en la vida cristiana. A la comunidad no pueden faltarle las palabras y especialmente los gestos para encontrar y acoger a las personas con discapacidad. Especialmente la liturgia dominical tendrá que saber cómo incluirlas, porque el encuentro con el Señor resucitado y con la comunidad misma puede ser fuente de esperanza y de valor en el camino, no fácil, de la vida.
La catequesis, en particular, está llamada a descubrir y experimentar formas coherentes para que cada persona, con sus dones, sus limitaciones y sus discapacidades, incluso graves, pueda encontrar en su camino a Jesús y abandonarse a Él con fe. Ningún límite físico o psíquico puede ser un impedimento para este encuentro, porque el rostro de Cristo brilla en lo íntimo de cada persona. Tengamos también cuidado, especialmente nosotros los ministros, de la gracia de Cristo, para no caer en el error neo-pelagiano de no reconocer la necesidad de la fuerza de la gracia que viene de los sacramentos de la iniciación cristiana. Aprendamos a superar el malestar y el miedo que veces se pueden sentir frente a las personas con discapacidad. Aprendamos a buscar e incluso a “inventar” con inteligencia herramientas adecuadas para que a nadie le falte el apoyo de la gracia. Formemos – ¡en primer lugar con el ejemplo! – catequistas cada vez más capaces de acompañar a estas personas para que crezcan en la fe y den su contribución genuina y original a la vida de la Iglesia. Por último, espero que en la comunidad las personas con discapacidad puedan ser cada vez más sus propios catequistas, también con su testimonio, para transmitir la fe  de manera más efectiva.

Gracias por vuestro trabajo de estos días y por vuestro servicio en la Iglesia. ¡Nuestra Señora os acompañe! Os bendigo de corazón y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.

Congreso Catequesis y personas con discapacidad
Discurso del Papa Francisco
Sala Clementina, 21 de octubre de 2017

miércoles, 18 de octubre de 2017

Catequesis del Papa sobre la esperanza cristiana ante la muerte


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy quisiera poner en contraste la esperanza cristiana con la realidad de la muerte, una realidad que nuestra civilización moderna tiende cada vez más a cancelar. Tanto que, cuando la muerte llega, a quien nos está cerca o a nosotros mismos, no nos encontramos preparados, privados incluso de un “alfabeto” adecuado para esbozar palabras de sentido en relación a su misterio, que de todos modos permanece. Y sin embargo los primeros signos de civilización humana han transitado justamente a través de este enigma. Podríamos decir que el hombre ha nacido con el culto a los muertos.
Otras civilizaciones, antes de la nuestra, han tenido la valentía de mirarla en la cara. Era un acontecimiento narrado por los viejos a las nuevas generaciones, como una realidad ineludible que obligaba al hombre a vivir para algo de absoluto. Recita el salmo 90: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que nuestro corazón alcance la sabiduría» (v. 12). Contar los propios días es como el corazón se hace sabio. Palabras que nos conducen a un sano realismo, expulsando el delirio de omnipotencia. ¿Qué somos nosotros? Somos «casi nada», dice otro salmo (Cfr. 88,48); nuestros días transcurren velozmente: si viviéramos incluso cien años, al final nos parecerá que todo haya sido un soplo. ¡He escuchado tantas veces a los ancianos decir: “La vida se me ha pasado como un soplo”!
Así la muerte pone al desnudo nuestra vida. Nos hace descubrir que nuestros actos de orgullo, de ira y de odio eran vanidad: pura vanidad. Nos damos cuenta con tristeza de no haber amado lo suficiente y de no haber buscado lo que era esencial. Y, por el contrario, vemos lo que hemos sembrado verdaderamente bueno: los afectos por los cuales nos hemos sacrificado, y que ahora nos sujetan la mano.
Jesús ha iluminado el misterio de nuestra muerte. Con su comportamiento, nos autoriza a sentirnos dolidos cuando una persona querida se va. Él se conmovió «profundamente» ante la tumba de su amigo Lázaro, y «lloró» (Jn 11,35). En esta actitud, sentimos a Jesús muy cerca, nuestro hermano. Él lloró por su amigo Lázaro.
Y entonces Jesús pide al Padre, fuente de la vida, y ordena a Lázaro salir del sepulcro. Y así sucede. La esperanza cristiana recurre a esta actitud que Jesús asume contra la muerte humana: si ella está presente en la creación, pero ella es un signo que desfigura el diseño de amor de Dios, y el Salvador quiere sanarla.
En otro pasaje los evangelios narran de un padre que tenía una hija muy enferma, y se dirige con fe a Jesús para que la salve (Cfr. Mc 5,21-24.35-43). No existe una figura más conmovedora que aquella de un padre o de una madre con un hijo enfermo. Y enseguida Jesús se dirige con aquel hombre, que se llamaba Jairo. En cierto momento llega alguien de la casa de Jairo y le dice que la niña está muerta, y no hay más necesidad de molestar al Maestro. Pero Jesús dice a Jairo: «No temas, basta que creas» (Mc 5,36). Jesús sabe que este hombre está tentado de reaccionar con rabia y desesperación, porque ha muerto la niña, y le pide custodiar la pequeña llama que está encendida en su corazón: fe. “¡No temas, sólo ten fe!”. “¡No tengas miedo, continúa solamente teniendo encendida esa llama!” Y después, llegados a la casa, despierta a la niña de la muerte y la restituirá viva a sus seres queridos.
Jesús nos pone sobre esta “cima” de la fe. A Marta que llora por la desaparición del hermano Lázaro presenta la luz de un dogma: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá: y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?». (Jn 11,25-26). Es lo que Jesús repite a cada uno de nosotros, cada vez que la muerte viene a arrancar el tejido de la vida y de los afectos. Toda nuestra existencia se juega aquí, entre el lado de la fe y el precipicio del miedo. “Yo no soy la muerte, dice Jesús, yo soy la resurrección y la vida, ¿crees tú esto?, ¿crees tú esto?” Nosotros, que hoy estamos aquí en la Plaza, ¿creemos en esto?
Somos todos pequeños e indefensos ante el misterio de la muerte. ¡Pero, que gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe! Jesús nos tomará de la mano, como tomó de la mano a la hija de Jairo, y repetirá todavía una vez: “Talitá kum”, “¡Niña, levántate!” (Mc 5,41). Lo dirá a nosotros, a cada uno de nosotros: “¡Levántate, resurge!” Yo les invito, ahora, a cerrar los ojos y a pensar en aquel momento: de nuestra muerte. Cada uno de nosotros piense en su propia muerte, y se imagine ese momento que llegará, cuando Jesús nos tomará de la mano y nos dirá: “Ven, ven conmigo, levántate”. Ahí terminará la esperanza y será la realidad, la realidad de la vida. Piensen bien: Jesús mismo vendrá a cada uno de nosotros y nos tomará de la mano, con su ternura, su humildad, su amor. Y cada uno repita en su corazón la palabra de Jesús: “¡Levántate, ven. Levántate, ven. Levántate, resurge!”

Esta es nuestra esperanza ante la muerte. Para quién cree, es una puerta que se abre completamente; para quién duda es un resquicio de luz que filtra de una puerta que no se ha cerrado del todo. Pero para todos nosotros será una gracia, cuando esta luz, del encuentro con Jesús, nos iluminará. Gracias.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Huellas en el camino: Domingo XXIII T. Ordinario


En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Palabra del Señor.

  • Reflexión

En nuestro camino se nos invita a vivir desde la comunión con los hermanos, para ello, tenemos como mapa y guías, las huellas de Jesús que nos encontramos en el evangelio, una llamada a vivir desde la responsabilidad, a interpelar nuestro mundo interior para reconocer en qué podemos estar equivocados. De alguna forma se da una llamada a ayudarnos mutuamente a ser mejores personas, a escuchar al hermano en esa crítica constructiva o lo que siempre hemos conocido como corrección fraterna, aquella corrección que brota desde el  corazón, desde la amistad. 

sábado, 2 de septiembre de 2017

Huellas en el camino: Domingo XXII T. Ordinario


En aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: «¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte». Jesús se volvió y dijo a Pedro: «¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios». Entonces dijo a los discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga. Porque quien quiera salvar la vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta».
Palabra del Señor.

*      Reflexión


En nuestro camino nos podemos encontrar muchas piedras con las que tropezamos; sin embargo, lo cierto es que también aprendemos cuando tropezamos o caemos, y siempre tenemos una mano extendida que nos ayuda a levantarnos. Seguir las huellas de Jesús es darnos cuenta que, queramos o no, maduramos y crecemos, pero para ello, debemos aprender a renunciar a la satisfacción caprichosa de todos nuestros deseos, en aras de una plenitud de vida más digna. No todo vale, habrá que aprender a llevar la cruz, con Cristo es más fácil, eso es lo que nos encontramos en el mapa, en las guías, eso es lo que nos indica la brújula, para iniciar este camino.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Atención pastoral en el final de la vida


Si todo creyente está implicado en el cuidado y atención al necesitado de ayuda, en cualquier momento de su vida, cuánto más al que se encuentra en un estado de vulnerabilidad, propia de la vivencia de una vida que se apaga. La atención al enfermo ha de ser integral, porque las personas somos una realidad unitaria.

La Iglesia siempre ha querido estar presente, respondiendo a la necesidad espiritual del enfermo, en el momento final de su vida.

Esta es la razón por la que la pastoral de la salud, ha de seguir privilegiando el acompañamiento al enfermo, sobre todo, al enfermo que vive el tramo final de su existencia terrena.

Este “acompañar” peculiar es el que caracteriza a la atención pastoral, ofrecida en solidaridad a quien vive su etapa final.

Pero también es una atención ofrecida como miembro de la familia eclesial, que se siente comprometida en el cuidado y atención a quienes necesitan pasar de la muerte a la vida, del miedo a la confianza en el Señor de la Vida.

Este acompañar, no siempre se ha realizado siguiendo el mismo modelo de acercamiento al enfermo, ni los mismos recursos.

Igual que la medicina evoluciona en el conocimiento de los procesos finales de las personas, y también en lo que necesita ofrecerle para que encuentre una calidad de vida confortable, así también se necesita conocer mejor al enfermo para mejorar la ayuda pastoral y renovar los métodos y recursos.

Hoy entendemos este acompañar como una “relación de ayuda”, que incluye una mínima preparación para comprender mejor al enfermo en sus dificultades y necesidades reales, propias de su estado único, y procesual, hacia un cambio que se acerca para él produciéndole temor, angustia, inestabilidad, esperanza, confianza.

La Iglesia, en sus documentos, toma conciencia de los cambios que es preciso realizar tanto en la concepción como en la realización de la asistencia pastoral, así como de la deseable cooperación entre la asistencia sanitaria y la asistencia pastoral, en el tratamiento de las necesidades espirituales y religiosas (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987; Benedicto XVI, 2008).

En este contexto, se hace necesario que las distintas instancias, facilitadoras de la salud para el enfermo, se coordinen y presten su servicio del modo más adecuado posible.

La instancia sanitaria podrá integrar la cobertura de las necesidades físico-biológicas, las psicológicas y las sociales, mientras que la instancia pastoral podrá aportar la cobertura de las necesidades espirituales y religiosas del enfermo.

1.     Implicación de la comunidad eclesial.

La dimensión pastoral del acompañamiento al enfermo, en su etapa final, ha de ser contemplada desde su vertiente implicativa. Y es que el agente de pastoral de la salud trata de actuar desde un compromiso que incluye vocación, formación y sentido de Iglesia. Esta implicación del agente con el enfermo ha de ejercerla desde su pertenencia comunitaria eclesial.

“Jesús ha confiado a su Iglesia la misión de asistir y cuidar a los enfermos, perpetuando así su mensaje de misericordia […] Todos los miembros de la Iglesia participan de su misión, si bien cada uno ha de realizarla en función del carisma recibido y del ministerio que la Iglesia le ha encomendado, pero siempre en corresponsabilidad con todos los demás para así hacer transparente el verdadero ser de la Iglesia (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 145).

Evangelizar equivale a cuidar y curar a los más débiles al tiempo que se les manifiesta el amor entrañable de Dios por los más desvalidos.

La Iglesia ha venido desarrollando, a lo largo de su tradición teológica y pastoral, todo un arte de ayudar a bien morir: incluye acompañamiento, apoyo espiritual y relación de ayuda pastoral a quienes padecen enfermedad avanzada y a sus cuidadores y familiares. Por otra parte, ha ofrecido la oración, como diálogo terapéutico con Dios. Y, ofrece especialmente la vivencia de los sacramentos de la Reconciliación, la Eucaristía en forma de Viático, y la Santa Unción.

1.1 Desde una labor humanitaria.

Las claves para la labor humanitaria del acompañamiento están en la capacidad y disponibilidad de la comunidad diocesana y parroquial para ejercer una pastoral de la acogida y de la misericordia, tratando de responder a las necesidades espirituales y religiosas del enfermo, cuando se acerca al momento final de su vida histórica.

Las dimensiones espiritual y religiosa están íntimamente relacionadas. Son diferentes, pero siempre complementarias.

La dimensión espiritual abarca, como elementos fundamentales, el mundo de los valores, la necesidad del enfermo de ser reconocido como persona, la ayuda para releer la propia vida, la pregunta por el sentido último de las cosas y de uno mismo, las opciones fundamentales de la vida y las experiencias.

En cambio, cuando los valores, las opciones fundamentales, las preguntas por el sentido, cristalizan en una relación con Dios, dentro del grupo al que pertenece como creyente y en sintonía con modos concretos de expresar la fe y las relaciones, entonces hablamos de dimensión religiosa.

La Pastoral de la salud es la acción de la Iglesia al servicio del enfermo, y forma parte integrante de su misión evangelizadora. (Departamento de Pastoral de la Salud, 2006, p. 29, 35-40).

La pastoral de la salud, en la Iglesia, está destinada, por tanto, a promover la salud de la persona y de la comunidad. Y es que el vasto mundo de la salud tiene que ver con los enfermos, con sus familias, con la comunidad y con el ambiente, e incluye los acontecimientos fundamentales desde el momento de la concepción hasta la muerte natural y los interrogantes provocados por el sufrimiento y la enfermedad. (Juan Pablo II, 1985, p. 1). Por eso, la comunidad cristiana ha de traducir su participación en una pastoral de la salud, adecuada al momento existencial del enfermo y de su familia.

Por otro lado, una Pastoral de la salud organizada, en cada comunidad parroquial y en cada hospital, necesita de un equipo de personas, preparadas para ejercer este servicio delicado.

“La pastoral de enfermos ha de ser expresión también de nuestra compasión y acogida. Hay que crear equipos que promuevan y lleven a cabo la visita a los enfermos; pues ella es el gesto de acercamiento de la comunidad al propio enfermo y de ayuda y de aliento a sus familiares” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p.48).

Se trata de un grupo de personas que se reúne periódicamente, ora, aprende a acompañar en medio de la enfermedad y ofrece la salud desde la comunidad en clave de estímulo, esperanza y servicio desinteresado, al enfermo y a su familia. Para ejercer este servicio sería muy conveniente una mínima preparación técnica (conocimiento de la relación de ayuda) y formación pastoral.

Tanto en la Parroquia como en el hospital, el compromiso de atender y acompañar a los enfermos graves y moribundos “ha de ser, hoy, una de las actividades prioritarias.” (Benedicto XVI. 2008). Para ayudar a estos enfermos, son necesarias la cercanía y la competencia, de manera que, con delicadeza, se puedan explorar, identificar, conocer y atender sus necesidades espirituales.

Por otra parte, el enfermo necesita curar sus heridas del pasado, y el agente de pastoral ha de saber aliviar, estando cercano y “percibiendo su estado de ánimo, acompañándole en silencio y permitiéndole que exprese sus sentimientos y reacciones” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 95).

También forma parte de la atención pastoral, acompañar al enfermo para orientarlo, con la delicadeza requerida, en la la elaboración del Testamento vital o “Expresión anticipada de voluntades”. Es un ejercicio de responsabilidad testimonial y un servicio de clarificación para los profesionales sanitarios y familiares que acompañarán al enfermo hasta el final de sus días.

Pero el enfermo tiene una especial necesidad de “encontrar un sentido a la vida” en medio del sufrimiento. Y el acompañamiento del agente de pastoral ha de consistir en “unirse al enfermo en la búsqueda de dicho sentido”, sin actitudes impositivas (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 96).

Atender pastoralmente a los enfermos graves supone un acompañamiento complementario a la labor de los sanitarios. Se trata de:

“La creación de grupos de voluntariado que con su presencia y actuación llenen uno de los vacíos más serios de la asistencia a los enfermos en el hospital” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 98).

La comunidad cristiana participa y se beneficia en el acontecimiento de la muerte de un creyente. La comunidad actualiza los vínculos entre sus miembros cada vez que uno de ellos se acerca al encuentro con el Padre, porque: “este encuentro del moribundo con la Fuente de la vida y del amor constituye un don que tiene valor para todos, que enriquece la comunión de todos los fieles” (Benedicto XVI, 2008).

1.2 Dimensión sacramental de la pastoral del acompañamiento al enfermo y a su familia.

La comunidad cristiana tiene una tarea muy especial. Toda ella ha de saber expresarse, como comunidad sanadora y continuadora de la Palabra que salva y del gesto que cura. Y para esta labor ha de contar, en la medida de lo posible, con el equipo de Pastoral de la Salud que ha de saber realizar eficientemente esa presencia sanadora y alentadora de la comunidad. Además de humanizar, desde la comunidad se ayudará al enfermo a “vivir el sentido pascual de la enfermedad”, a través de la reconciliación, la unción de los enfermos y la eucaristía (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 68). El agente de pastoral ha de tener en cuenta que la dimensión sacramental encuentra su sentido en el contexto de una relación fraterna con el enfermo: “La celebración sacramental ha de constituir, habitualmente, la culminación de una relación significativa con el enfermo y el resultado de un proceso de fe realizado por éste” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Esa relación, por si misma ya: “Tiene un valor casi sacramental desde la perspectiva de una Iglesia sacramento de salvación para el mundo” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Por tanto los sacramentos: “Signos que atestiguan el amor de Dios al enfermo, no deben ser ritos aislados sino gestos situados en el corazón de una presencia fraternal” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 69).

Una delicada tarea pastoral para el agente. Al ofrecer los sacramentos ha de “respetar los niveles de fe cristiana” del enfermo, así como “las etapas de su caminar en la fe para actuar gradualmente con discreción”, de tal forma que el enfermo no se sienta coaccionado, sino que encuentre la ayuda que necesita para.

“Superar los condicionamientos personales y sociales... a la hora de manifestar y celebrar su fe” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 70; Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 75).

Y en este contexto, el agente de pastoral: “Ha de discernir pastoralmente las motivaciones de los enfermos y de sus familiares y allegados al pedir, no pedir o rechazar un sacramento” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 72).

Una cuestión que el agente ha de tener en cuenta es que: “Es el enfermo quien ha de solicitar o aceptar el sacramento con plena fe y celebrarlo en las mejores condiciones activa y conscientemente” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979. p. 13).

Y el agente de pastoral, a su vez, ha de crear un clima humano que esté en sintonía con los valores proclamados por la celebración sacramental, así como ha de procurar, igualmente, que los signos sacramentales sean verdaderamente significativos. Acompañar la profunda necesidad de reconciliación:

“El agente ha de ayudar al enfermo a mirar su vida con la misma mirada del Señor, una mirada de aceptación y de perdón. Esto le permitirá sentirse aceptado y aceptarse, sentirse perdonado y perdonar a los demás, estar en paz consigo mismo y con Dios” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p.97).

En el contexto hospitalario es difícil, a veces, encontrar espacios que permitan salvaguardar la intimidad, Por eso el agente: “No ha de insistir en la integridad de la confesión, sobre todo cuando el enfermo está débil o ha de confesarse en un lugar en el que es imposible respetar el secreto” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 77).

En el hospital y en sus domicilios, algunos enfermos no pueden asistir a la Eucaristía y tienen necesidad de recibir la comunión.

Puede y debe ofrecerse la comunión a los enfermos que la soliciten, personalmente o por medio de sus familiares, procurando que la distribución requiera el carácter de una verdadera celebración de fe.

Y en este contexto, se ha de favorecer la colaboración bien organizada de ministros extraordinarios de la comunión para lograr una mejor y más personalizada celebración.

Ahora nos encontramos con una tarea pastoral difícil y delicada, porque el agente de pastoral ha de preparar para recibir el Viático, que: “Es el sacramento específico para los enfermos que viven la última fase de su existencia, marca la última etapa de la peregrinación del cristiano iniciada en su bautismo; es el sacramento del tránsito, del paso de la muerte a la vida...; es la espera iluminada por la presencia privilegiada de Cristo, del cumplimiento del misterio de la muerte y resurrección en cada uno de nosotros” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 85).

No se trata de una comunión más, ni de la última comunión. Se trata de ayudar al enfermo a vivenciar: “Una comunión en la que el enfermo, asumiendo en la fe su camino hacia la muerte como paso con Cristo hacia la vida, se pone en las manos del Padre. Por ello “debe recibirlo en plena lucidez” (Ritual de la Unión y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 79. y Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 85).

La tercera experiencia sacramental, en el contexto de la enfermedad, es la Unción de los enfermos. Hay que aclarar de inmediato que: “La unción es el sacramento específico de la enfermedad y no de la muerte, para ayudar al cristiano a vivirla conforme al sentido de la fe” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 47, 65 y 68).

También en este aspecto del acompañamiento al enfermo, el agente de pastoral ha de considerar atentamente el momento en que ha de celebrarse la Unción de enfermos, porque: “El binomio unción de los enfermos-muerte está aún vivo en la mentalidad popular y en la de muchos pastores” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 86).

Por tanto: “ha de procurar que los enfermos, gravemente afectados por su situación, reciban la Unción en el momento oportuno, es decir, cuando ellos mismos lo soliciten o pueden aceptarla con plena fe y devoción de espíritu, y evitar el riesgo de retrasar indebidamente el sacramento” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 13).

Es muy recomendable una catequesis a todos los niveles: “Pero sera poco eficaz o inútil la catequesis, si la práctica sacramental viniese a desmentirla dejando su celebración para última hora” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 66).

La Unción no es un “remedio mágico” extraordinario, ni la alternativa a una medicina limitada en sus recursos, ante la enfermedad terminal. En realidad: “Asume y estimula el deseo del enfermo de curarse dándole una significación nueva, es expresión del sentido cristiano del esfuerzo técnico y humano en bien del enfermo, es plegaria del Señor de la vida y de la muerte y signo del lo que el mismo Señor le concede al enfermo, el auxilio para vivir la enfermedad y su restablecimiento conforme al sentido de la fe” (Ritual de la Unción y de la Pastoral de Enfermos, 1979, p. 68-69).

El agente de pastoral ha de promover y fomentar, para los enfermos, las celebraciones comunitarias, tanto de la Penitencia, como de la Comunión y la Unción, a fin de subrayar el sentido eclesial del sacramento: “La Unción es el sacramento de la fe, es decir, expresa, suscita y robustece la fe de la Iglesia que lo celebra y, de manera especial, del enfermo que lo recibe” (Comisión Episcopal de Pastoral, 1987, p. 91).

2. Implicación comprometida de la comunidad civil.

La sociedad, como comunidad civil, con sus instituciones sanitarias, está llamada también a acompañar y respetar al enfermo en estado de enfermedad avanzada: “En realidad, toda la sociedad, a través de sus instituciones sanitarias y civiles, está llamada a respetar la vida y la dignidad del enfermo grave y del moribundo” (Benedicto XVI, 2008).

Por tanto, respetar la vida y la dignidad del enfermo, supone no disponer de la vida humana, ni para anticipar su final, ni para prolongarlo injustificadamente. En todo caso, corresponde al enfermo dejar constancia de cómo desea ser acompañado al final de sus días, en correspondencia con sus valores y convicciones.

La medicina paliativa es la expresión actual de la preocupación que la sociedad desarrolla en la atención y acompañamiento al enfermo, en su proceso final.

Los equipos de Cuidados Paliativos están realizando una labor muy estimable en el cuidado, la ayuda y el afrontamiento del proceso del vivir el último tramo de la vida.

“Aun conscientes de que “no es la ciencia lo que redime al hombre” (Spe salvi, 26), toda la sociedad y en particular los sectores relacionados con la ciencia médica deben expresar la solidaridad del amor, la salvaguardia y el respeto de la vida humana en todos los momentos de desarrollo terreno, sobre todo cuando se encuentra en situación de enfermedad o en su fase terminal” (Benedicto XVI, 2008).

La medicina paliativa está considerada como un equipo multidisciplinar que se aplica a ofrecer un servicio sanitario y humanitario, al enfermo y a su entorno familiar más inmediato, tratando de abordar las necesidades exploradas más significativas: “Más en concreto, se trata de asegurar a toda persona que lo necesite el apoyo necesario por medio de terapias e intervenciones médicas adecuadas, realizadas y gestionadas según los criterios de proporcionalidad médica, teniendo siempre en cuenta el deber moral de suministrar (el médico) y de acoger (el paciente) los medios de conservación de la vida que, en la situación concreta, se consideren “ordinarios” (Departamento de Pastoral de la Salud, 2006, p. 379).

Los agentes de pastoral de la salud ha de colaborar, en la medida de lo posible, con esta medicina paliativa, aportando el acompañamiento espiritual y religioso que la familia del enfermo y los propios equipos de cuidados paliativos soliciten, porque desde el contexto eclesial: “Los cuidados paliativos constituyen una forma privilegiada de caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados” (Catecismo de la Iglesia Católica, s.f, p. 2279).

3. La comunidad eclesial y civil, al unísono junto al enfermo.

Una forma específica de colaboración entre la comunidad civil y eclesial es la potenciación de voluntariados que actúen coordinadamente en el acompañamiento al enfermo y su familia: “El esfuerzo conjunto de la sociedad civil y de la comunidad de los creyentes debe orientarse a que todos puedan no sólo vivir de forma digna y responsable, sino también atravesar el momento de la prueba y de la muerte en la mejor condición de fraternidad y solidaridad, incluso cuando la muerte se produce en una familia pobre o en el lecho de un hospital” (Benedicto XVI, 2008).

En toda la labor de atención y acompañamiento al enfermo se necesita una coordinación.

La tarea evangelizadora está dependiendo de cada agente de pastoral y, al mismo tiempo, trasciende la acción de cada agente individual, es una acción de la Iglesia.

De ahí que, hoy, se contemple la tarea pastoral como una labor de equipo. Y, desde luego, es muy recomendable pastoralmente, la coordinación entre el servicio religioso del centro sanitario y las parroquias.

De esta manera, el centro sanitario será la prolongación de la parroquia de donde procede el enfermo y a donde va a regresar.

4. Conclusiones.

Nos situamos en el momento de mayor vulnerabilidad de la vida de las personas, el proceso de morir. La importancia del momento requiere el mejor aprovechamiento de los recursos disponibles en las instituciones implicadas, para ayudar a vivir bien este proceso.

Los servicios sanitarios y pastorales han de ser eficientes, y en la medida de lo posible han de saber estar bien coordinados, para que se lleve a cabo una adecuada ayuda al proceso de humanización del morir.

Es preciso una labor de concienciación, así como un esfuerzo de organización en las comunidades parroquiales, para que se creen equipos de voluntarios, suficientemente formados, con adultez y discreción, capaces de atender esta delicada tarea pastoral, que corresponde al cuidado de los más débiles y vulnerables de la comunidad parroquial.

Porque todas las necesidades pueden socorrerse de una u otra manera.

Esta cuidada asistencia al morir sólo es posible con la decidida determinación pastoral de acoger, comprender y acompañar en la esperanza.

José Manuel Álvarez Maqueda.
Delegado De Pastoral De La Salud Archidiócesis De Merida-Badajoz
(Artículo Sacado Del Número 371 De La Revista “Labor Hospitalaria”)